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La vid y el vino en las religiones monoteístas del Mediterráneo. El Cristianismo. Introducción: la Biblia

noviembre 1, 2013

La Biblia (los libros) es el conjunto de libros canónicos del Cristianismo. La canonicidad de cada libro varía dependiendo de la tradición adoptada. Según la religión cristiana, transmite la palabra de Dios.

La Biblia es para los cristianos la Palabra de Dios por ser indudable para éstos su inspiración divina. Es un libro eminentemente espiritual y habla sobre la historia de la Humanidad, su creación, su caída en el pecado y su salvación, que expone cómo el Dios Creador se ha relacionado, se relaciona y se relacionará con el ser humano. De igual forma, la Biblia expone los atributos y el carácter de Dios.

En la religión católica, se entiende por libro canónico cada uno de los incluidos en el canon o catálogo de los libros de la Biblia admitidos como auténticos por la Iglesia Católica. La mera escritura de un libro sagrado, su conservación a través de los siglos y su aceptación multitudinaria no prueba que sea de origen divino ni canónico. Debe tener las credenciales de paternidad literaria divina que demuestren que Dios lo ha inspirado. En la actualidad se suele usar con referencia a los escritos que la Iglesia Católica Romana declaró parte del canon bíblico en el Concilio de Trento (1546).

El canon de la Biblia que conocemos hoy fue sancionado por la Iglesia Católica, bajo el pontificado de San Dámaso[1], en el Sínodo de Roma del año 382[2], y esta versión (conocida como Vulgata) es la que Jerónimo de Estridón[3] tradujo al latín. Dicho canon consta de 73 libros: 46 constitutivos del llamado Antiguo Testamento, incluyendo 7 libros de entre los llamados actualmente Deuterocanónicos[4] (Tobit, Judit, I Macabeos, II Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico y Baruc) que han sido impugnados por judíos y protestantes y 27 libros del Nuevo Testamento. Fue confirmado en el Concilio de Hipona[5] en el año 393, y ratificado en los Concilios III de Cartago[6], en el año 397, y IV de Cartago[7], en el año 419.  En todos ellos tomó parte San Agustín: en el primero, como sacerdote; en los otros dos, como obispo. En estos Concilios, con la finalidad de resolver las dudas que todavía persistían en la Iglesia africana sobre el canon, se redactó y se promulgó el elenco completo de los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento.

Cuando los reformadores protestantes lo impugnaron, el canon católico fue nuevamente confirmado por decreto (declarado dogma) en la cuarta sesión del Concilio de Trento[8] del 8 de abril de 1546.  El motivo por el que el Concilio de Trento afrontó el tema del canon bíblico tiene su raíz en la postura que adoptaron los teólogos protestantes en tiempos de la Reforma.

El protestantismo había resuelto la cuestión del canon de acuerdo con el principio de la sola Scriptura, por el que se rechazaba cualquier valor normativo a una autoridad externa a la Escritura, por tanto, a la Tradición y a las enseñanzas del Magisterio.

En consecuencia, los protestantes asumieron, para el Antiguo Testamento, el canon restringido de la Biblia hebrea; para el Nuevo, opiniones a veces diferentes y contratantes, según las diversas corrientes en que se dividía el pensamiento protestante. En general, los Reformadores ponían en discusión la canonicidad de algunos libros y diversos textos.

En la sesión del 8 de abril de 1546, en el decreto De libris sacris et de traditionibus recipiendis, el Concilio definió semel pro sempre el canon de los libros sagrados. La lista se introduce con las siguientes palabras: [El Concilio] estima deber suyo añadir junto a este decreto el índice de los libros sagrados, para que a nadie pueda caber duda de cuáles son los libros que el Concilio recibe.

El texto concluye con la siguiente afirmación solemne:

Y si alguno no recibiera como sagrados y canónicos estos libros íntegros con todas sus partes, tal como se han acostumbrado leer en la Iglesia Católica y se contienen en la antigua edición latina Vulgata, y despreciara a ciencia y conciencia las predichas tradiciones, sea anatema.

Esta definición dogmática proclama que todos los libros del canon poseen igual autoridad normativa, sin que pueda existir diferencias entre ellos, y determina la extensión de la canonicidad: alcanza los libros íntegros con todas sus partes. El Concilio explícita además los criterios sobre los que se apoya su declaración solemne: la lectura litúrgica de la Iglesia y la presencia de los libros del canon en la antigua edición latina Vulgata; dos criterios que se funden en uno: la Tradición viva de la Iglesia, oral y escrita

Ninguna de estas decisiones fue reconocida ni asumida por muchos protestantes, surgidos a partir del siglo XVI, ni por distintas denominaciones vinculadas al protestantismo surgidas a partir del siglo XIX.

El canon de las Biblias cristianas ortodoxas es aún más amplio que el canon de las Biblias católicas romanas, e incluye el Salmo 151, la Oración de Manasés, el Libro III de Esdras y el Libro III de los Macabeos. En adición a éstos, el Libro IV de Esdras y el Libro IV de los Macabeos figuran, asimismo, como apéndices en muchas importantes versiones y ediciones de la Biblia cristiana ortodoxa.

El Antiguo Testamento narra principalmente la historia de los hebreos y el Nuevo Testamento la vida, muerte y resurrección de Jesús, su mensaje y la historia de los primeros cristianos.

Los relatos históricos coinciden en que no es sino hasta la segunda mitad del primer siglo cuando los cristianos son expulsados de las sinagogas judías. En ese momento, el Cristianismo rompe definitivamente con el judaísmo.

La figura protagónica del Nuevo Testamento es Jesús de Nazaret, llamado Cristo. El Nuevo Testamento es una colección de 27 libros[9], representativos de 5 diferentes géneros literarios judeocristianos:

–                     4 Evangelios,

–                     1 Libro de Hechos,

–                     1 Apocalipsis,

–                     y 19 Epístolas (6 epístolas católicas o apostólicas, y 13 epístolas paulinas).

Una séptima epístola católica  (la Primera Epístola de Juan) y una decimocuarta epístola paulina (la Carta a los Hebreos) realmente pertenecen al género ensayístico o doctotratadístico, es decir, se trata de tratados doctrinales, con lo que representan un quinto género de escritos del Nuevo Testamento.


[1] Romano, pero de padres españoles; alcanzó el diaconado con Liberio y con él compartió su exilio. El 10 de octubre de 366 fue elegido obispo pero su oponente, Ursino, se alzó contra él. Defendió con gran la primacía eclesiástica de Roma sobre Constantinopla. Fue el primer papa que aplicó el término sede apostólica a Roma. Reprimió duramente herejías como el arrianismo. Buscó un emplazamiento adecuado para los archivos papales y en la restauración de las catacumbas. También encargó a san Jerónimo, su secretario y consejero, la revisión del texto latino existente de la Biblia; esta revisión se conocería después como la Vulgata. Redactó un tratado sobre la virginidad. Su festividad se conmemora el 11 de diciembre fecha de su fallecimiento. Fue sepultado en la tumba que él mismo se había preparado. Después construyeron sobre su sepulcro la basílica llamada San Dámaso.

[2] Fue en el Concilio de Roma del año 382, bajo el pontificado del papa San Dámaso I, cuando la Iglesia Católica instituyó el Canon Bíblico con la lista del Nuevo Testamento de San Atanasio y los libros del Antiguo Testamento de la Versión de los LXX.  Esta versión fue traducida del griego al latín por San Jerónimo (la Vulgata) por encargo del mismo papa San Dámaso, que en la práctica sería la primera Biblia en el sentido concreto y pleno de la palabra. Posteriormente los Concilios regionales III de Hipona del 393, III de Cártago del 397 y IV de Cártago del 419, en los cuales participó San Agustín, aprobaron definitivamente dicho canon. En el año 405 esta lista fue enviada por el papa San Inocencio I al obispo Exuperio de Tolosa (en la Galia, hoy Francia), donde aparece el canon bíblico con los 73 libros ya existentes.  El Concilio de Trento fijó el canon de la Iglesia católica declarándolo dogma

Para entender como surge este canon, es necesario citar a Marción. Nacido en Sinope, en Asia Menor (hoy Sinop, Turquía), hijo de un obispo que fue excomulgado, Marción prosperó como comerciante y naviero. Viajó a Roma entre 135 y 140 d.C. buscando ser nombrado dignatario de la Iglesia, sin lograrlo.

Fue declarado hereje y excomulgado en 144 de nuestra era. En el momento de su muerte (150) había logrado exitosamente el primer cisma del Cristianismo, cuyos efectos se prolongarían hasta el siglo III. Elaboró la primera gran herejía cristiana y redactó el primer canon del Nuevo Testamento, sistemáticamente organizado conforme a su propio dogma.

Ese primer canon, sólo incluía los escritos de Pablo, dejando sólo algunas epístolas como auténticas (quitó la de a los Hebreos y las llamadas pastorales) y el Evangelio según San Lucas (sin los dos primeros capítulos). Después de este canon, el cristianismo ortodoxo se dio cuenta de que era necesario organizar la maraña de escritos que se habían producido desde el origen del cristianismo y publicó su propio canon, que llegó a ser lo que hoy conocemos como Nuevo Testamento.

Hasta entonces se leía el Antiguo Testamento, porciones del Nuevo Testamento y cartas del apóstol Pablo en las congregaciones, pero no había un canon del Nuevo Testamento como tal.

[3] Estridón, c. 374-Belén, 420) Padre y doctor de la Iglesia. Perteneciente a una familia cristiana y rica, cursó estudios en Roma y se apasionó por la cultura clásica. Bautizado por el papa Liberio, se retiró al desierto de Antioquía, donde vivió como anacoreta y estudió el hebreo. Intervino en las cuestiones teológicas de la Iglesia de Antioquía, recibió las órdenes sagradas y fue nombrado secretario del papa San Dámaso, a cuyo servicio inició sus importantes trabajos sobre la Biblia. Tras la muerte del papa, regresó a Oriente (385) y se estableció en Belén. Su traducción al latín de la Biblia, la Vulgata, gozó de gran autoridad en la Iglesia. En sus numerosas obras, polemizó con los origenistas y con los pelagianos.

[4] Las Biblias Católicas Romanas tienen muchos más libros en el Antiguo Testamento que las Biblias Protestantes. Estos libros son conocidos como libros Apócrifos o Deuterocanónicos. La palabra “apócrifo” significa escondido, mientras que la palabra “deuterocanónico” significa segundo canon. Los apócrifos o deuterocanónicos fueron escritos originalmente en el tiempo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Los libros son los llamados: 1 Esdras, 2 Esdras, Tobías, Judit, Sabiduría de Salomón, Eclesiástico, Baruc, la Carta a Jeremías, Oración de Manasés, 1 Macabeos, 2 Macabeos, y adiciones a los libros bíblicos de Ester y Daniel.

La religión judía trató a los libros apócrifos o deuterocanónicos con respeto, pero nunca los aceptó como libros verdaderos. La iglesia cristiana primitiva debatió la situación de los apócrifos o deuterocanónicos, pero pocos cristianos primitivos creyeron que ellos pertenecieran al canon de la Escritura. El Nuevo Testamento cita al Antiguo Testamento cientos de veces, pero en ninguna parte cita o alude a cualquiera de los libros apócrifos o deuterocanónicos. Más aún, hay muchos errores probados y contradicciones en los apócrifos o deuterocanónicos.

Los libros apócrifos o deuterocanónicos enseñan muchas cosas que no son verdad y tampoco son históricamente precisos. Si bien, muchos católicos aceptaron previamente los apócrifos o deuterocanónicos, la Iglesia Católica Romana oficialmente los añadió a su Biblia en el Concilio de Trento a mediados del 1500 d.C., primordialmente en respuesta a la Reforma Protestante. Los apócrifos o deuterocanónicos, respaldan algunas de las cosas en que la Iglesia Católica Romana cree y practica, las cuales no están de acuerdo con la Biblia. Ejemplos de ello están en las oraciones por los muertos, peticiones a los “santos” en el Cielo por sus oraciones, adoración a ángeles, y “ofrenda de limosnas” expiatorias por los pecados. Algunas cosas de las que dicen los apócrifos o deuterocanónicos son verdaderas y correctas. Sin embargo, debido a los errores históricos y teológicos, estos libros deben ser vistos como documentos histórica y religiosamente falibles, y no como la inspirada y autoritativa Palabra de Dios.

[5] El Concilio de Hipona (año 393) decidió el canon o lista oficial de los libros que integran la Biblia (Antiguo y Nuevo Testamento), según la lista que había sido propuesta en el Sínodo de Laodicea (363) y por el Papa Dámaso I en el año 382.

La Biblia cristiana tenía 73 libros: 46 en el Antiguo Testamento y 27 en el Nuevo Testamento, que quedaron reafirmados en el concilio debido a las dudas generadas en el siglo III debido a la inclusión de los así llamados “deuterocanónicos”. La causa fueron las discusiones con los judíos, en las cuales los cristianos sólo utilizaban los libros proto-canónicos. Algunos Padres de la Iglesia hicieron notar estas dudas en sus escritos,ñ por ejemplo Atanasio (373), Cirilo de Jerusalén (386), Gregorio Nacianceno (389), mientras otros mantuvieron como inspirados también los deuterocanónicos —por ejemplo Basilio (379), Agustín (430) y León Magno (461).

El Concilio de Hipona en 393 reafirmó el canon establecido por el Papa Dámaso I.

Canon 36, 393 d.de C. Concilio de Hipona. Se ha decidido que fuera de las Escrituras canónicas, nada se lea en la Iglesia bajo el nombre de Escrituras divinas. Ahora bien, las Escrituras canónicas son: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, hijo de Nun, Jueces, Rut, cuatro libros de los Reyes (I Samuel, II Samuel, I Reyes, II Reyes), dos libros de los Paralipómenos (I Crónicas, II Crónicas), Job, Psalterio de David, cinco libros de Salomón (Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares, Sabiduría, Libro del Eclesiástico), doce libros de los profetas,1 Isaías, Jeremías,2 Daniel, Ezequiel, Libro de Tobías, Judit, Ester, dos libros de Esdras, dos libros de los Macabeos (I Macabeos, II Macabeos) (Canon 36, 393 d. de C.)

Aproximadamente en este tiempo, San Jerónimo comenzó a utilizar el texto hebreo para su traducción del Antiguo Testamento a la Vulgata en Latín

[6] En el Concilio de Cartago (año 397), San Jerónimo inició una traducción latina de la Biblia, completada en el año 405, llamada la Vulgata y considerada desde entonces la Biblia canónica u oficial de la Iglesia Católica.

[7] El IV Concilio de Cartago ofrece un interés particular, porque señala el criterio de canonicidad, es decir el motivo por el que se establecía la lista de libros canónicos: la tradición de los santos Padres. Textualmente se afirma: “De nuestros Padres hemos recibido estos textos, para que sean leídos en la Iglesia”

[8] La reforma de la Iglesia se inició durante el siglo XV y afectó, en primer lugar, a sus miembros. Era necesario extenderla a todo el cuerpo, incluida la cabeza. La fundación de la Inquisición romana para evitar la difusión por Italia del luteranismo; la reforma de la Curia, con la inclusión en su nómina de cardenales de estricto sentido eclesiástico, aliados con la renovación y enemigos del espíritu mundano que la había caracterizado; y los intentos por imponer la residencia a los obispos, constituyeron los primeros elementos represores y reformadores del programa de Paulo III (1534-1549). Pero, sin duda alguna, su mayor servicio a la Reforma católica fue la convocatoria, también deseada por el emperador Carlos V, del Concilio de Trento.

Aunque se suspendieron las dos primeras convocatorias papales que ordenaban celebrarlo en Mantua y en Vicenza, la propuesta que hizo Carlos V de que tuviera lugar en Trento, como territorio del Imperio, fue aprobada por el Papa, quien lo convocó en mayo de 1542. Sin embargo, las guerras entre Carlos V y Francisco I produjeron, de nuevo, la suspensión del Concilio en septiembre de 1543. Únicamente la paz de Crépy (1544), en cuyo protocolo se declaraba que Francia enviaría al Concilio obispos y legados, pudo impulsar una nueva y definitiva convocatoria en noviembre de 1544. La apertura, que sufrió una excesiva y desesperanzadora demora, tuvo lugar en diciembre de 1545. Dos años más tarde el Concilio trasladó su sede a Bolonia, fue suspendido en 1549, reanudado en 1551, suspendido en 1552, abierto en 1562, interrumpido por la firma de la paz de Cateau-Cambrésis, y clausurado en enero de 1564.

El Concilio de Trento afrontó problemas dogmáticos como la precisión de la fe católica contra los errores del protestantismo, aunque las cuestiones de la primacía papal y del concepto eclesial no se modificaron. Reafirmando la doctrina tradicional, el Concilio fijó el contenido de la fe católica. En primer lugar, se estableció que Dios ha creado al hombre bueno y éste, a pesar del pecado original que corrompió su naturaleza, conserva su libre albedrío y su aspiración al bien. En segundo lugar, la fe se funda sobre la Sagrada Escritura, explicada y completada por los padres de la Iglesia, los cánones de los concilios y el magisterio de la Iglesia. Con relación a la cuestión de la justificación por la fe, la doctrina que establece el Concilio de Trento difiere notablemente de la mantenida por Lutero. Según éste, Dios nos justifica atribuyéndonos los méritos de su Hijo. Para la Iglesia reunida en Trento, Dios nos hace justos transformándonos por la acción de la gracia. Por otra parte, el Concilio estableció que la misa es un sacrificio que renueva el de la cruz, y afirmó, con relación a la Eucaristía, la presencia real, la conversión de toda la sustancia del pan en el cuerpo de Cristo, y de toda la sustancia del vino en la sangre, no permaneciendo más que las apariencias del pan y del vino. Sobre el concepto de Iglesia, el Concilio mantuvo que Dios quiere la Iglesia y que ésta es una, santa, universal y apostólica, está inspirada por el Espíritu Santo y es infalible en materia de fe.

Por otra parte, el Concilio abordó plenamente la reforma del clero al desterrar los abusos denunciados desde la Baja Edad Media. Por lo que se refiere a la obra pastoral y disciplinaria de Trento, sus decisiones fueron, con el tiempo, trascendentales. La reforma del episcopado fue objeto de abundantes discusiones y decretos: se reguló el deber de residencia, de visita pastoral diocesana, de predicación y de convocatoria frecuente de sínodos. Parecidas recomendaciones de residencia, predicación, cura de almas, vida austera, uso del traje talar, etc., se hicieron a los párrocos. La novedad que el Concilio presentó en esta materia se refería al celo que en adelante habría de ponerse en la selección, formación moral, teológica y doctrinal de los curas, para lo cual se pedía a los obispos que se establecieran seminarios diocesanos, de tal manera que se evitaran los abusos denunciados y se llevase a cabo la reforma real de los ministros seculares de la iglesia.

Las decisiones del Concilio no agotaron la crisis de la Iglesia. Territorialmente, el catolicismo era monolítico en España, Portugal e Italia y presentaba dificultades en Polonia, pero estaban perdidas distintas regiones de Francia y el norte de Alemania, se había consumado el cisma inglés, aunque Irlanda permanecía católica, estaba en peligro el corazón del Imperio, Austria, Bohemia y Hungría, se presentaba dividida Suiza y los Países Bajos y estaba escasamente fortalecido en el sur y en el oeste alemán, mientras que en los países escandinavos el avance del protestantismo era definitivo. Sin embargo, antes de que finalizara el siglo XVI, la vida de la Iglesia se renovó gracias a la ejecución de los decretos y del espíritu reformador conciliar, cuya responsabilidad correspondió a los Pontífices que ocuparon la sede romana desde 1565 hasta 1585 (Pío V, Gregorio XIII y Sixto V). A sus nombres van unidos obras trascendentales, como la conclusión del Catecismo cuya elaboración comenzó durante el Concilio de Trento (Pío V), la restauración del culto, la reforma de la administración eclesiástica, la fundación y organización de colegios romanos para sacerdotes (Gregorio XIII), la reorganización profunda de la Curia y de la distribución de los asuntos de gobierno, la implantación de las visitas obligatorias de los obispos a Roma para informar del estado de sus diócesis, la revisión de la “Vulgata”, etc. (Sixto V).

[9] Son 27 libros en el canon de la Iglesia Católica Romana, aceptado por la mayoría de las Iglesias Protestantes. La Iglesia Cristiana Ortodoxa de Siria solo acepta 22 libros en su canon. Libros como el Primer Libro de Clemente y el Segundo Libro de Clemente, el Libro de la Alianza, el Octateuco y otros, han sido motivo de disputas, y son aceptados por parte de otras Iglesias cristianas.

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