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La vid y el vino en las religiones del Mediterráneo: Egipto

octubre 8, 2013

Suele considerarse que fue en el mundo griego donde el vino disfrutó de una mayor consideración, estando presente en los Symposia (los banquetes griegos), de donde pasó al mundo etrusco y romano.

Sin embargo, la vinculación de esta bebida con una posición social, el disfrute de una buena comida, el entablar conversaciones o disfrutar de los bailes mientras se disfruta del vino eran prácticas normales en el mundo faraónico.

Esto permite vincular aún más el mundo de la vid y del vino con la cultura mediterránea, encontrando evidencias de su consumo e importancia en la primera de las grandes civilizaciones que se desarrolló en torno al mar Mediterráneo.

Realidades que también, como ya hemos señalado, se constatan en el mundo de Siria-Palestina a lo largo de toda la antigüedad, no debiendo olvidar que fueron griegos y fenicios los que introdujeron formas de vida y de cultura que marcan los comienzos de una tradición, tanto histórica como cultural, que aún sigue vigente en la actualidad en muchos de los países de nuestro entorno.

La primera evidencia de la presencia de uva en Egipto son las semillas halladas en los yacimientos predinásticos (4000-3050 a.C.) de Tell Ibrahim Awad y Tell el Farain, situados uno al este y el otro al oeste del delta del Nilo.

La primera evidencia arqueológica de machacado de las uvas con intención de extraer vino se puede observar en las representaciones del reinado de Udimu[1] (ca. 3000 a. C.).

Desde la época predinástica, la vid era cultivada en Egipto sobre todo en el delta, en los oasis occidentales y el en valle del Nilo. Los antiguos egipcios sabían que la tierra situada detrás de los límites de la inundación era la más adecuada para plantar viñas. Por eso, la viña se plantaba cerca del río en una zona no inundable, donde el suelo era principalmente grava, y cerca del depósito aluvial libre del barro del valle.

Uno de estos lugares era la zona del lago Mariut, situado al suroeste de la actual ciudad de Alejandría. Según la documentación encontrada en centenares de inscripciones de ánforas de vino, como las encontradas en la tumba del faraón Tutankamón, la región vinícola más conocida durante el Reino Nuevo[2] (1543-1078 a.C.) era el Río Occidental, en la antigua rama Canópica del Nilo en el delta Occidental, situada al suroeste de Alejandría.

La calidad de sus vinos fue elogiada por varios autores clásicos griegos y romanos, que como Ateneo de Naucratis[3], Estrabón[4] y Plinio dejaron constancia en sus escritos del buen sabor de los vinos de Egipto. Ateneo habla de la abundancia de la viña en la zona del lago Mariut y de la excelente calidad del vino de Mariut [Mareótico], también llamado Alejandriótico por la proximidad con la ciudad de Alejandría, y de los vinos Taeniótico y de Antilla de la zona de Alejandría. Ateneo también habla de los vinos del valle, destacando los de la Tebaida y de Coptos.

Se han encontrado en murales egipcios ejemplos de las artes de cultivar la vid y las distintas fases de la elaboración del vino. En algunos jeroglíficos incluso se detallan cómo se llamaban los diferentes vinos, hasta cómo debían ser guardados, servidos y bebidos.

En el Antiguo Egipto la cerveza era más popular que el vino. El consumo de vino (yrp) en el antiguo Egipto está constatado desde los comienzos de su civilización (3.000 a.C.), las uvas pasas encontradas en el yacimiento de El Omari, situado al sudoeste de la actual ciudad de El Cairo, y habitado desde inicios del Predinástico de Nagada[5], dan fe de que la Vitis vinifera fue una de las primeras plantas cultivada en Egipto; y los hallazgos en las tumbas de los primeros faraones de figuras de cerámica, destinadas a contener vino para su utilización en la otra vida, manifiestan su consumo.

A lo largo de la civilización faraónica, el vino fue un producto demandado por las clases altas políticas y religiosas, considerándose un artículo de lujo, al tiempo que estaba vinculado a ceremonias religiosas, dándose frecuentemente a los dioses como una ofrenda especial, acorde con su importancia.

El vino en el antiguo Egipto era un producto de prestigio, que consumían principalmente el faraón y los nobles, pero también el pueblo durante las grandes fiestas. Además, era la bebida que ofrecían los sacerdotes en los rituales de los templos egipcios, ya que el vino se relacionaba con la sangre de Osiris, Dios de la resurrección.

Desde principios del Periodo Dinástico[6] (3150 a.C.) se colocaba en las tumbas de los reyes el ajuar y los regalos, ofrecidos al difunto para su nueva vida; entre los productos que se depositaban en la tumba, algunos de los cuales, quizá sólo los más privilegiados podían consumir, había gran cantidad de jarras de cerámica con vino.

A partir del Reino Antiguo[7] (2.700 – 2.200 a.C.) las tumbas de los nobles se decoran con pinturas en las que se representan escenas de la vida cotidiana, entre las que encontramos la viticultura y el proceso de elaboración del vino.

Durante el período comprendido entre finales de la XVIII y la XX dinastías (1.350 – 1.250 años a.C.), considerado el de máximo esplendor y refinamiento de la historia de Egipto, se representa en las pinturas de las tumbas a gente de elevada posición social participando en banquetes acompañados de danzas y música. Escenas que muestran que el vino era un producto de prestigio.

En las tumbas egipcias pueden encontrarse numerosas escenas que describen las distintas fases que tenían lugar en la obtención y producción de alimentos y bebidas, escenas muy realistas que representan todo el proceso de vendimia y producción, con técnicas muy similares a las que hoy conocemos como tradicionales, y que todavía se practican. Esto lo veremos con más detalle más adelante.

La importancia política, social y religiosa del vino en el antiguo Egipto era bien conocida y está documentada en multitud de inscripciones, pinturas murales y representaciones iconográficas. Bebían vino los faraones, sus familiares, sus ministros, sus generales, los sacerdotes, las clases acomodadas y también el pueblo llano.

Una consideración social y económica, que situaba al vino entre las bebidas más preciadas, muy por delante de la cerveza, cuyo coste era diez veces menor.

Al margen de su uso como ofrenda funeraria y como bebida, el vino tenía un uso religioso. Los sacerdotes ofrecían vino a los dioses diariamente en los templos; y el faraón lo ofrecía en las ceremonias anuales de rejuvenecimiento y renovación de su poder político y religioso.

En la mitología egipcia, luego lo veremos más despacio, el ciclo de la vid se relacionaba con el renacimiento de Osiris, el dios de los muertos, porque después de recoger la uva, las hojas caen y la vid parece muerta, para renacer al cabo de unos meses; igual que Osiris, el principal dios egipcio, que renacía cada año con la inundación del río Nilo para fertilizar la tierra y dar vida, haciendo crecer las plantas y llenando de peces y aves el valle y el delta del Nilo.

Las viñas aparecen representadas en pinturas egipcias como grandes huertas, donde también hay otros cultivos y frutales. De hecho, la escritura jeroglífica egipcia conservó como determinativo de árbol frutal el ideograma de vid, un signo que presenta a la planta sostenida por tutores y crecida desde un gran tiesto.

Es también en pinturas egipcias donde se atestigua el riego cuidadoso de las cepas, que debió de darse también en otras regiones, así como el cultivo intercalar de la vid con otros frutales, igualmente atestiguado en otras zonas próximo-orientales, desde Anatolia y el mundo micénico a Palestina.

Allí, en Egipto, hace 5.000 años, la revelación del proceso de elaboración del vino se atribuye a Osiris (que ya hemos nombrado). En ese sentido, el geógrafo y viajero griego Diodoro Sículo[8] señala que Osiris enseñó a la Humanidad el cultivo de la vid así como a vendimiar la uva y cómo guardar el vino.  Le agradecían este regalo a Osiris festejando la vendimia con flores en el pelo y fenomenales borracheras.

También se relaciona al vino con la diosa Hathor[9], diosa de la embriaguez. Se han podido identificar alrededor de doscientos epítetos de Hathor a lo largo de la historia. Un himno a Hathor dice:

Eres la Señora de la alegría, la Reina de la danza, la Maestra de la música, la Reina de la tañedora del arpa, la Dama de la danza coral, la Reina de la tejedora de guirnaldas, la señora de la borrachera sin fin.

Gracias a Herodoto[10], sabemos que los egipcios celebraban fiestas, la Fiesta de la embriaguez, en honor a la diosa Bastet[11]  (que los griegos identificaban con Artemisa) en la ciudad  de Bubastis[12].

Se consumía vino en abundancia, se bailaba y se hacía sonar la música. Esta fiesta se realizaba para que la diosa Bastet se mostrara contenta y halagada, y de este modo no tomara el aspecto de una leona enfurecida. El festival de Bubastis era uno de los más alegres y magníficos de todo el calendario egipcio:

Las barcas, llenas de hombres y mujeres, flotaron cauce abajo por el Nilo. Los hombres tocaban flautas de loto, las mujeres címbalos y los panderos, y quien no tenía ningún instrumento acompañaba la música con palmas y danzas. Bebían mucho y tenían relaciones sexuales. Esto era así mientras estaban en el río; cuando llegaban a una ciudad los peregrinos desembarcaban y las mujeres cantaban, imitando a las de esa ciudad. Cuando alcanzaron Bubastis celebraron un solemne banquete: se bebió más vino en esos días que en todo el resto del año. Tal era la costumbre de este festival; y se cuenta que casi setecientos mil peregrinos celebraban el banquete de Bastet.

Las viñas son un cultivo muy valioso que no debe ser invadido ni por otros cultivos ni por animales domésticos o salvajes, que entran tan sólo después de la vendimia. Especialmente difícil debía resultar mantener alejados a los pájaros de las uvas maduras.  De todo ello poseemos también una imagen vívida gracias a las pinturas egipcias. Podemos ver a unos pájaros amenazando la uva madura y ganado comiendo de la vid, tal como se representan en pinturas de tumbas egipcias.


[1] Den, o Udimu, fue el quinto faraón de la dinastía I de Egipto de c. 2914-2867 a. C. Fue el primer faraón que ostenta el título de rey del Alto y Bajo Egipto. Al igual que sus predecesores realizó numerosas expediciones bélicas, específicamente contra las tribus nómadas del Sinaí. La Piedra de Palermo menciona que bajo su reinado hubo un empadronamiento general del país y numerosas fiestas religiosas. Se encontraron numerosos objetos en su tumba, incluyendo una tablilla donde aparece cumpliendo ritos religiosos destinados a repetir la coronación, Heb Sed, y por tanto, renovar el poder real. Las  menciones al rey Udimu se encuentran en la piedra de Palermo y en una tablilla de marfil. En esta última aparece ya con la corona blanca del Alto Egipto y la roja del Bajo Egipto. Posiblemente extendió sus dominios hacia el este, hacia la península del Sinaí, como nos indica una tablilla donde aparece el faraón sobre un prisionero. Conocemos el nombre de su ministro, Hemaka, y el de la reina, Merneith, contando ambos con suntuosas tumbas lo que nos indica la riqueza del momento. Su sucesor será su hijo Adjib.

[2] Con el nombre de Imperio Nuevo se conoce al periodo histórico que comienza con la reunificación de Egipto bajo Amosis I (c. 1550 a. C.) y que termina hacia el 1070 a. C. con la llegada al trono de los soberanos de origen libio. Lo componen las dinastías XVIII, XIX y XX. Transcurre entre el Segundo periodo intermedio, y el Tercer periodo intermedio de Egipto. Las dos últimas dinastías, XIX y XX, se agrupan bajo el título de Período Ramésida.

La expulsión de los hicsos, cuyo rastro se desvanece en Palestina tras las campañas de Ahmosis, inaugura una nueva etapa en la historia de Egipto, ya que la restauración del poder faraónico presenta a partir de entonces rasgos anteriormente desconocidos en el comportamiento político faraónico, como es el expansionismo militar por Asia, que permite atribuir el calificativo de Imperio a la modalidad de gobierno conocido entonces por Egipto. Es evidente que en la segunda mitad del II Milenio las relaciones internacionales sufren una modificación sustancial, basada en el surgimiento de grandes formaciones imperiales, como la Babilonia casita, el Imperio Mesoasirio o el Imperio de Hatti; en ese marco, los faraones de las dinastías XVIII, XIX y XX lograron mantener el estado egipcio en el umbral exigido por las grandes potencias de la época, que corresponde a la fase final de la Edad del Bronce y que se desintegra en torno al 1200 con la denominada crisis de los Pueblos del Mar.

[3] Escritor griego de origen egipcio, nacido en Naucratis. Vivió entre los siglos II-III d.C. Es famoso por su obra Los comensales filósofos, una de las más importantes para el conocimiento de la cultura griega. En ella, el autor nos presenta a algunos hombres de cultura, reunidos en un festín, y hablando espontáneamente sobre diversos temas. Aunque es una obra inorgánica, resulta interesante por la cantidad de datos culturales y citas de muy diversos autores.

[4] Amaseia, c. 64 a.J.C – ?, entre 21-25 d.J.C) Geógrafo e historiador griego. De origen aristocrático (descendía de una noble familia cretense), viajó extensamente por Asia Menor, Egipto, Italia y Grecia. Su gran obra histórica se ha perdido y sólo se conservan, con ciertas lagunas, los diecisiete libros de su Geografía, que abarcaba todo el mundo conocido hasta entonces. En los dos primeros discute con sus antecesores sobre los elementos matemáticos de la geografía. Vertida en un estilo llano, la parte informativa sobre Europa, Asia y África no está basada sólo en sus numerosos viajes, sino también en las fuentes que le sirvieron para su redacción, especialmente Eratóstenes. Esta monumental obra, provista de indicaciones históricas y de variadas descripciones, refleja la nueva realidad política que había establecido el imperio de Augusto tanto en su concepción universalista como en su valoración positiva de la obra de romanización de los pueblos que habían quedado al margen de la civilización griega.

Inciertos e incompletos resultan los datos de la biografía de Estrabón. Casi nada sabemos de su padre; en cuanto a la madre, pertenecía a una noble familia griega relacionada por vínculos de amistad con la dinastía local de los Mitrídates. Después de su traslado a Roma, ocurrido, según parece, en torno al año 44 a. de C., inició estudios en Nisa, en la escuela del gramático Aristodemo, y los perfeccionó bajo la guía del filósofo Senarco y del gramático Tiranión, a cuyas orientaciones peripatéticas añadió, por su cuenta, numerosos rasgos de estoicismo. Fue, en resumen, un ecléctico, como tantos contemporáneos suyos.

Abandonada Roma, empezó una serie de viajes por Italia, el Egeo y Egipto, cuyo orden no está exactamente precisado; tenemos noticias de una estancia suya en este último país junto con el prefecto Elio Galo y de una visita al alto valle del Nilo llevada a cabo el año 25 o el 24 a. de C. No se sabe con certeza cuándo regresó a Roma (se cree que entre el 20 y el 10 a. de C.) ni dónde pasó el último período de su existencia.

Inició sus actividades literarias con una extensa obra, Memorias históricas, de la cual sólo han llegado hasta nosotros algunos fragmentos; en los cuarenta y siete libros de la misma continuaba las historias de Polibio hasta la muerte de César. El vínculo ideal entre este primer tratado y el no menos extenso titulado Geografía (compuesto por el autor durante los años de la madurez y la ancianidad, cuando ya era una plena realidad el imperio de Augusto) está integrado por el programa común que induce al escritor a seguir en las últimas fases de su desarrollo y a representar en el plano universal la fusión armónica de todo el mundo conocido bajo la égida de la “pax romana”. En la Geografía, sin embargo, no siempre resulta evidente la finalidad política, a causa de la abundancia de citas literarias, detalles eruditos e informaciones arqueológicas. Por lo demás, Estrabón no olvida nunca su origen griego, y experimenta continuamente la atracción de la gran cultura helenística.

Los diecisiete libros de la Geografía de Estrabón constituyen el más vasto y apreciado estudio geográfico que la antigüedad griega nos ha dejado. Obra de proporciones gigantescas, según la define el mismo autor, se desarrolla de acuerdo con la trama esencial de un grandioso periplo mediterráneo, llevado a cabo a lo largo de todas las costas del Mare Nostrum e iniciado en el litoral ibérico de las Columnas de Hércules. Las características del texto son equivalentes a las del escritor: el armónico equilibrio entre las distintas partes, el amor a la verdad y la tendencia constante a relacionar con el esplendor de épocas anteriores cuanto podía contemplarse en sus tiempos.

Discípulo de la escuela de Polibio, Estrabón declara querer dejar a un lado los problemas de carácter meramente técnico y describir el estado actual de la tierra habitada, de manera que su obra resulte útil para los hombres políticos. Después de los dos primeros libros, que constituyen una introducción general a la obra, y que tratan de cuestiones de geometría, de astronomía, de matemáticas y de historia de la geografía, ciencias que declara necesarias para el geógrafo, sigue desde el libro III al X la descripción de Europa, y más particularmente de España, de la Galia, de Britania, de Italia, de Germanía, de Escitia, de la Península Balcánica, de Grecia y de las islas del Egeo; del libro X al XVI describe Asia, esto es, el Tánais, Mesopotamia, el Irán septentrional, el Asia Menor, la India, el Irán meridional, Persia, Asiria, Babilonia, Siria, Palestina y Arabia; el libro XVII está dedicado a África, y describe Egipto y toda el África septentrional.

La obra, sobre cuya fecha y lugar de composición se ha discutido mucho, debió de estar, en su mayor parte, ya terminada alrededor del año 7 d. de C., pero contiene referencias a acontecimientos ocurridos hasta el 18 d. de C. y probablemente no fue del todo revisada. Es muy diversa en sus varias partes, según el autor haya visitado o no los lugares que describe, y también según las fuentes, muy numerosas y diversas, en las que bebe abundantemente, siempre citándolas, cosa rara entre los antiguos, y, en algunos casos, transcribiéndolas casi literalmente. Las descripciones de Iberia, tomadas de Posidonio, o de Egipto, visitado por Estrabón, son con mucho superiores a las de Germania, la India o Libia.

Sus fuentes principales son Posidonio, Apamea y Polibio, a quien sigue en toda la obra y en particular en la parte referente a España; los geógrafos Eratóstenes, Artemidoro y Apolodoro de Atenas, del cual toma muchos elementos para la descripción de Grecia; Demetrio de Escepsis para el Asia Menor; Apolodoro de Artemita para Asiria; Megástenes, Aristóbulo y Nearco para la India, y otros muchos griegos, con preferencia a los romanos. Estrabón comparte con Polibio el desprecio por los logógrafos y hasta por Herodoto, y acepta en cambio la idea estoica de la infalibilidad de Homero en todos los campos: de acuerdo con ello, dedica larguísimas y minuciosas descripciones a los lugares citados por Homero, y se ocupa de regiones históricamente menos importantes (como por ejemplo Tesalia y Beocia) con mayor amplitud que de Ática.

En conjunto, aunque afirme repetidamente tener propósitos sobre todo prácticos, Estrabón compuso una obra de carácter literario y a veces histórico y arqueológico, puesto que a menudo se lanza a largas digresiones étnicas (por ejemplo, sobre el origen de los pueblos del Asia Menor), mitológicas (como la referente a los Curetos, X, 462, 63), e históricas. En cuanto a la lengua y al estilo, es algo desigual porque hasta en esto se deja influir por sus fuentes; sigue, sin embargo, generalmente a Polibio, y escribe el griego común en un estilo sencillo, casi totalmente privado de ornamentos retóricos. Gozó de mucha fama hasta la época bizantina, porque los antiguos disponían de obras científicamente más exactas, como las de Artemidoro y de Posidonio, pero es hoy fuente importantísima no sólo para el conocimiento de la geografía antigua, sino para todo género de estudios acerca de la antigüedad clásica.

[5] Naqada o Nagada, es el nombre que recibe una cultura de la época predinástica del Antiguo Egipto, que se data de ca. 4000 a 3000 a. C.

El nombre fue dado por Werner Kaiser y proviene de la ciudad de Naqada, situada en la ribera del Nilo, 25 kilómetros al norte de Luxor.

En Naqada, las primeras excavaciones fueron realizadas por Flinders Petrie, James Quibell del University College de Londres, y John Garstang de la Universidad de Liverpool. En éstas encontraron evidencias de una cultura que eclosionó hacia el 3800 a. C. y que tuvo una continuidad cultural durante prácticamente un milenio, llegando hasta Nubia (Hemamein).  Se divide en tres fases:

Naqada I (Amratiense), 4000 – 3500 a. C.,

Naqada II (Gerzeense), 3500 – 3200 a. C.,

Naqada III (Semaniense), 3200 – 3000 a. C.

[6] El Periodo Arcaico de Egipto, o Época Tinita o Periodo Dinástico Temprano (c. 3100 – 2700 a. C.), es el comienzo de la historia dinástica del Antiguo Egipto. Según Manetón, la capital del Imperio durante este tiempo fue Tinis, o Tis (de donde proviene el nombre Tinita), aunque no hay vestigios arqueológicos que lo corroboren. En esta época gobernaron sólo dos linajes de reyes, denominados primera y segunda dinastía; los primeros faraones se consideran los unificadores de Egipto.

[7] El Imperio Antiguo de Egipto, también llamado Reino Antiguo, es el período de la historia del Antiguo Egipto comprendido entre c. 2700 y 2200 a. C. Lo integran las dinastías III, IV, V y VI.

El Imperio Antiguo forjó y consolidó el sistema político, cultural y religioso surgido durante el periodo protodinástico, con la aparición de una monarquía cuyos rasgos más notables son la divinización absoluta del faraón (los egipcios creían que el faraón aseguraba las inundaciones anuales del Nilo que eran necesarias para sus cosechas) y un poder político fuertemente centralizado.

Esta época surge marcada por la influencia del faraón Dyeser (Zoser), quien traslada la capital a Menfis y extiende el Imperio egipcio desde Nubia al Sinaí. Aunque más importante que Dyeser fue su visir Imhotep, el arquitecto diseñador de la pirámide escalonada de Saqqara, sumo sacerdote de Ptah, divinizado en la época ptolemaica. También las grandes pirámides de Guiza, atribuidas a los faraones Keops, Kefrén y Micerino se datan en este periodo.

Tras el largo reinado del faraón Pepy II (94 años), y ante la debilidad del poder real, los nomarcas (gobernadores de los nomos) se hacen fuertes, y convierten sus cargos en hereditarios. Entonces Egipto pasó a un período histórico en el cual se descentralizó fuertemente el sistema político, siendo denominado por los historiadores primer período intermedio.

[8] Sículo. Escritor e historiador de origen siciliano (nació en Agira), que desarrolló su labor literaria en los tiempos de César y Augusto. Fue autor de una Historia Universal, su Biblioteca, en 40 libros (el libro primero estaba dedicado a Egipto), que abarcaba desde los primeros tiempos hasta la época de la Guerra de las Galias (el año 54 a.C.). Su obra se dibuja, en realidad, como una miscelánea, en la que se da cabida a una gran cantidad de fuentes y de relatos.

[9] Hathor fue una divinidad cósmica, diosa nutricia en la mitología egipcia.   Es ante todo una diosa de vinculación claramente lúdica, asociada al baile, las danzas, la música y al amor y placer sexual, y por eso los griegos la identificaron con Afrodita Su nombre significa “El templo de Horus” o “La morada de Horus”, para identificarla como madre del mismo y, a veces, su esposa.  En Dendera era la diosa del amor, la belleza juvenil, la alegría, la maternidad y el erotismo. Tenía consagrado el sistro, que le sirve como emblema. El sistro tenía el poder de ahuyentar los males y los maleficios y se empleaba frecuentemente en las fiestas. Diosa también de la música y del baile; entre su sacerdocio se incluían bailarines, cantantes, actores y acróbatas; incluso en la época griega, estas artes se mantuvieron bajo la esfera de Hathor. También era la patrona de los ebrios; presidía la fiesta de la ebriedad que se celebraba en Dendera veinte días después de la inundación del Nilo. Era también “La dama de los goces”, por su carácter festivo y lúdico y “La dama de las guirnaldas” por su vinculación a la belleza. Fue asimilada a Sejmet, a Bastet y a Isis en un periodo tardío.

[10] Heródoto de Halicarnaso fue un historiador y geógrafo griego que vivió entre el 484 y el 425 a. C.  Se le considera el padre de la historiografía. Historiae o “Los nueve libros de Historia” es considerada una fuente importantísima por los historiadores por ser la primera descripción del mundo antiguo a gran escala y de las primeras en prosa griega. Los Libros II y III hacen referencia a Egipto.

[11] Bastet es una diosa de la mitología egipcia, también denominada Bast, cuya misión era proteger el hogar y simboliza la alegría de vivir, pues se considera la deidad de la armonía y la felicidad.  Se representaba bajo la forma de un gato doméstico, o bien como una mujer con cabeza de gato, que siempre lleva un sistro (instrumento musical) debido a que le agradaba especialmente que los humanos bailaran y tocaran música en su honor.

[12] antigua ciudad egipcia, capital del XVIII nomo del Bajo Egipto (Am-Khent), situada cerca de la moderna ciudad de Zaqaziq, en la zona oriental del delta del Nilo. Ha sido identificada con la Phibeseth (“casa de Bastet”) de la Biblia

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