Skip to content

El vino en las ceremonias funerarias: Egipto, Grecia y Roma.

septiembre 30, 2013

Desde su aparición en las culturas mediterráneas, el vino cobrará gran protagonismo en el mundo funerario por su fuerte simbolismo. Se asocia a la constante regeneración, representa la vida contra la muerte, la inmortalidad contra la destrucción. El vino será empleado en las ceremonias de renovación, el propio ritual de incineración, las libaciones y los banquetes funerarios.

En el antiguo Egipto la muerte era considerada un paso hacia otra vida, por lo que la preparación del cuerpo era una de las máximas preocupaciones de todo egipcio.

En esta civilización, se realizaba la momificación para preservar el cuerpo para la otra vida. Así pues, la momia se depositaba en una tumba decorada con escenas y textos relativos a lo que fue su vida y se le rodeaba de sus objetos personales, además de alimentos para la otra vida. Aunque sólo las personas de más alto rango, entre ellos el faraón, podían permitirse todos estos preparativos. El faraón era considerado un dios que vivía en la tierra, y para él se construía la tumba más inexpugnable y se realizaban las ofrendas más valiosas que garantizaran su paso al Más Allá, del cual dependía el buen funcionamiento de la vida y la naturaleza.

A pesar de lo inexpugnable de estas construcciones, pocas tumbas han sido encontradas con todo su ajuar intacto, puesto que la mayoría fueron saqueadas en la antigüedad. La tumba de Tutankamón[1], en cambio, y a pesar de sufrir dos intentos de saqueo al cabo de poco tiempo de ser cerrada, fue excepcionalmente preservada durante más de 3.300 años en el Valle de los Reyes en Tebas Oeste, hasta su famoso descubrimiento por el arqueólogo inglés Howard Carter en 1922.

El joven faraón Tutankamón fue enterrado con los productos más selectos y valiosos de su Žépoca, entre los cuales cabe destacar las ánforas de vino, que fueron colocadas perfectamente identificadas. Particularmente durante el Reino Nuevo (1550-1070 a.C.), época a la que pertenece Tutankamón, las ánforas contenían una información exhaustiva de las características del vino: el año de la cosecha, la zona de origen y el nombre de la propiedad, además del nombre del elaborador.

Curiosamente no se indicaba el tipo de vino, es decir, si era blanco o tinto, aunque sí se mencionaba cuando el vino era dulce así como si era de buena o muy buena calidad. Carter calculó que en la tumba de Tutankamón había unas tres docenas de ánforas de vino, encontradas principalmente en la cámara Anexa. También constató que los vinos que contenían se habían secado hacía tiempo. Tres de las ánforas fueron encontradas en la cámara sepulcral entre el sepulcro y las paredes sur, oeste y este, respectivamente.

Aunque varias de las ánforas de la cámara Anexa se encontraron rotas no parecía que los vinos hubieran sido robados sino que la rotura se produjo al mover los vasos de piedra adyacentes, muy pesados, que contenían aceites y grasas y que sí fueron objeto de robo. El descubridor del sepulcro, constató el interés histórico de las ánforas gracias a las inscripciones que contenían; según éstas, los vinos encontrados dentro de la tumba pertenecían a los años 4,5 y 9 del reinado de Tutankamón.

Además, las tumbas de los nobles (ya lo hemos dicho), ya desde el Reino Antiguo (2575-2134 a.C.), se decoraban con escenas de la vida cotidiana, entre las que aparecen la viticultura y la elaboración de vino, que han permitido conocer cómo se realizaba la recogida de la uva y la vinificación en Egipto. Estas escenas representadas en las tumbas, permiten constatar que en Egipto la vid se emparraba en pérgola. En ellas se puede ver también cómo se recogía la uva a mano, se colocaba en cestos que se trasladaban a la prensa, donde la uva era pisada por un grupo de cinco o seis hombres.

En estas pinturas, las ánforas donde se depositaba el vino también están representadas, ánforas que se tapaban con tapones de arcilla y finalmente se etiquetaban para colocarlas en la bodega.

Podemos pensar, pues, que el disponer de vino para la otra vida era una de las aspiraciones de los faraones, posiblemente para gozar del mismo en compañía de los dioses, simbolizándose de esa forma la buena vida que aguardaba a las personas que habían actuado correctamente.

En las ceremonias fúnebres, los griegos y macedonios echaban vino sobre la tumba para calmar la sed del muerto en el tránsito a la otra vida. También enterraban una vasija con la base cribada para que el vino se filtrase bajo tierra. Un ejemplo de ello son estos versos de Esquilo[2]:

Llevo a mi esposo estos sustentos que regocijan a los muertos: leche, miel y el fruto de la viña. (…) Derramemos estos brebajes, que la tierra beberá, llegando hasta los dioses de lo profundo.

El historiador Plutarco nos cuenta como tras la batalla de Platea[3], las víctimas del combate y los soldados fueron enterrados en el campo de batalla, donde se les ofrendó leche, vino, aceite y perfumes.

Varios son los textos en la poesía homérica y de la tradición posthomérica que recogen pasajes en los que se advierte una práctica común en el ritual de la cremación: el enjugar o lavar con vino los restos de la incineración del cadáver antes de ser dispuestos en la urna cineraria.

Así, tenemos un ejemplo en La Ilíada[4] (siglo Vlll a.c.), en los pasajes relacionados con la muerte de Patroclo. Aquiles y sus compañeros preparan la pira a la que prenden fuego, ésta se resiste a arder y Aquiles invoca a los vientos para atizar el fuego y ellos obedecen:

Tras hablar así, se fue y ellos se pusieron en marcha con portentoso estruendo, atropellando las nubes por delante. Al instante llegaron al ponto a soplar, y se erizó el oleaje bajo el sonoro soplo de los vientos. Llegaron a la feraz Troya, cayeron sobre la pira y prendió el maravilloso fuego crepitando. Toda la noche azotaron de consumo la llama de la pira con sus sonoros fuelles, y toda la noche el ligero Aquiles, con una copa de doble asa, fue apurando de la áurea cratera el vino y derramándolo al suelo -y la tierra se empapaba- mientras invocaba el alma del mísero Patroclo.

Consumida la pira, tras quedar dormido por el cansancio, Aquiles fue despertado por sus compañeros, participes de los funerales y les dijo:

¡Atrida y demás paladines del bando panaqueo! ¡Apagad primero con rutilante vino la pira entera en el espacio que la furia de la llama ha alcanzado!

En este texto observamos una doble vertiente en la utilización del vino en el ritual funerario, por un lado como libación derramándolo sobre el suelo mientras arde la pira mientras invocaba el alma del mísero Patroclo y por otro culminando el propio proceso incineratorio al apagar las cenizas resultantes de la combustión

Apagad primero con rutilante vino la pira entera.

El ritual de la utilización del vino también aparece en la Eneida[5] de Virgilio (siglo I a. C.), en el pasaje de la muerte de Anquises, cuando Eneas prepara juegos y distintas celebraciones en honor de su padre y dice:

¡Guardad todos silencio y ceñid de follaje vuestras sienes! Diciendo esto se cubre la frente con el mirto de su madre. Hace Hélimo lo mismo, y Acestes, maduro ya en edad, y lo hace el niño Ascanio, y le imitan todos los jóvenes. Y desde la asamblea se encamina Eneas hacia el túmulo seguido  de millares de los suyos. Le rodea una inmensa multitud. Allí van derramando sobre el suelo la libación prescrita, las dos copas del don puro de Baco las dos de leche fresca, dos de sangre sagrada. Y va esparciendo flores purpúreas y prorrumpe: ¡YO te saludo, padre, mi padre venerado, y otra vez os saludo a vosotras cenizas, recobradas en vano, y a ti espíritu y sombra de mi padre!

En este texto resaltamos el momento de realizar la libación donde destacan los componentes vitales de la sangre y el vino  las dos copas del don puro de Baco.

Otro pasaje significativo de la Eneida es el que describe la cremación de Miseno, recogiendo todo el ritual desde el lavado y amortajamiento del finado, la constitución de la pira, el proceso de incineración (rogus), el lavado de los restos en vino y su depósito en la urna cineraria para su traslado al sepulcro:

Comienzan levantando una gran pira con leña resinosa y con troncos de roble, y entretejen de oscuro ramaje su costado. Plantan delante de ella fúnebres cipreses y encima la decoran con sus fulgentes armas. Unos calientan agua; barbotea la lumbre en calderas de bronce. Y lavan y ungen el helado cadáver. Prorrumpen en gemidos y, vertidas las lágrimas, colocan en un lecho los despojos mortales y sobre ellos sus purpúreos vestidos, sus prendas preferidas. Otros sostienen el pesado féretro, menester doloroso, y, vuelto el rostro a un lado, aplican a la base de la pira la antorcha según rito ancestral y queman las ofrendas apiladas, el incienso, las viandas y las copas de aceite vertido. Cuando empiezan a caer las cenizas y la llama se extingue, van lavando con vino lo que queda de sedientas pavesas (reliquias vino et bibulam lavere favillam). Corineo recoge los huesos y los guarda en una urna de bronce. Pasa el mismo tres veces ante el corro de asistentes con el agua lustral y esparce leves gotas sobre ellos con un ramo fértil de olivo y purifica así a sus compañeros y pronuncia las Últimas palabras. Y la piedad de Eneas monta el túmulo de imponente tamaño en que pone las armas del soldado, su remo y su clarín al pie de un alto monte que en su honor se llama ahora Miseno y llevará siempre su nombre.

 

Este ritual también lo testimonia, ya en el siglo III d.C., Quinto de  Esmirna[6], en sus Posthoméricas, en el pasaje del funeral de Paris y Enone:

 

Pero una vez que la aniquiladora llama de fuego los consumió a ambos, a Enone y a Paris, reducidos a una misma ceniza, entonces con vino extinguieron la pira y sus huesos los depositaron en una cratera de oro. A su alrededor construyeron, presto, un túmulo y pusieron encima dos estelas.

Esta ritualidad del uso del vino en los funerales romanos queda patente en la epigrafía funeraria, a través del repetido epitafio métrico:

echaré sobre tus huesos el vino que jamás has bebido

En esta línea es de destacar la utilización del vino en actos sacrificiales, debido a  su similitud en cuanto a color y textura con la sangre, algo que ocurre en otras culturas además de la grecolatina. En este sentido, recordar que la expresión a sangre de la uva es muy antigua. Como hemos visto anteriormente  sangre y vino se utilizan conjuntamente; la sangre es apropiada como libación para el difunto al que también se le vertía vino.

Significar el pasaje de la Ilíada en el que Aquiles vertía vino de una crátera de oro, empapando la tierra, invocando a su amigo Patroclo muerto. Vino y sangre se podían mezclar para dicha libación como demuestra el pasaje de la Eneida en el que Eneas ofrecía tal mezcla sobre la tumba de Anquises.

Asimismo, en la Odisea[7], Ulises debe verter una libación de vino a los fantasmas y ofrecerles también sangre para beber. De esta simbiosis vino-sangre se desprende la importancia que el vino va a adquirir en la liturgia cristiana. El vino se consagra como símbolo de la salvación.

Un aspecto importante es el uso del vino en los banquetes y celebraciones funerarias. Su consumición en el mundo griego se produce, fundamentalmente en el symposium (segunda parte de la cena; posterior a la consumición de alimentos). La libación en tales symposia confiere a tal práctica cierto carácter religioso. Horacio[8] asocia casi exclusivamente el vino al convite, sólo se utiliza en actos rituales en relación a los Genii.[9]

En los banquetes funerarios celebrados por distintos motivos en las propias necrópolis, el vino jugará un papel importante, fundamentalmente, en las ofrendas y en las libaciones. En varias necrópolis se han detectado conductos que conectan directamente con el interior de las tumbas a tal efecto. Estas ofrendas, libaciones y banquetes se comparten con el difunto buscando mantener su memoria y asegurar su inmortalidad, y qué mejor manera que nutriéndolo.

Las necrópolis se adaptarán a este tipo de necesidades creando infraestructuras adecuadas como el columbario[10]-triclinio[11] de la necrópolis de Carmona, al que se llega a denominar como restaurante o los espacios destinados a estos fines como bancos, cisternas, hornos, etc., como se reconocen en la necrópolis de Comu en Cerdeña.

Los banquetes fúnebres se realizarán en días concretos por motivos particulares de cada individuo o por conmemoraciones de fiestas generales con carácter periódico. Entre estas celebraciones cabe señalar el Silicemium, banquete  que se celebra el mismo día del sepelio en las proximidades de la tumba, cuyo objetivo principal es la purificación de la familia del hecho funesto de la muerte, por lo que se acompañan sacrificios. Entre los alimentos consumidos en el mismo destacan los huevos, legumbres, carne de ave, pan, habas, lentejas, etc.

También destaca la Cena Novemdialis, que se celebraba al noveno día del sepelio, una vez que había concluido el plazo del duelo propiamente dicho. Junto a éstas estaban las Denicales, en las que se visitan las tumbas, se hacen sacrificios y se depositan ofrendas. Se realizan diversos días al año: aniversario del difunto, aniversario de la muerte, idus[12], kalendas[13] y nonas[14] de cada mes, etc.  Entre estas fiestas destacan las Parentalia o dies Parentales, que se desarrollaban entre los días 13 a 21 de febrero, y se celebraban en honor de los padres difuntos o amigos íntimos. Se incluían tanto ceremonias de carácter privado -primeros días- como públicas o estatales, 21 de febrero.

También contamos con las Lemuría, fiestas celebradas los días 9, 11 y 13 de mayo, destinadas a aplacar a Lemures (espíritus de los pobres y hambrientos) y Larvae (espíritus nocivos en que se convertían las almas solitarias y atormentadas que se mezclaban con los vivos buscando nuevas presas).

Otra práctica habitual tanto en la incineración como en la inhumación era la bebida ritual del vino tras el sepelio propiamente dicho (circumpotatio). Se ofrecía al finado una vez sepultado y, posteriormente, se rompían intencionalmente las vasijas utilizadas en la misma.

La tradición de los banquetes funerarios va a permanecer en el mundo cristiano bajo la denominación de refrigerium o ágape funerario. Varios son los ejemplos de tumbas en necrópolis paleocristianas con características cubiertas triclinares con mensae, como en la necrópolis paleocristiana de San Antón en Cartagena, donde aparecen tumbas cubiertas con hemiciclo, con mensa en uno de los costados de lo que sería el centro del círculo, u otras más lejanas como en la necrópolis paleocristiana de Tarraco o en Toia (Setúbal, Portugal).


[1] Nacido en Akhetatón (actual El Amarna, situada en el Egipto Medio) con el nombre de Tut-ankh-Atón (imagen viviente  de Atón), durante la segunda mitad del reinado de Akhenatón (1353-1336 a.C) a finales de la Dinastía XVIII; Tutankatón subió al trono de Egipto a los ocho años.

Tres años después de acceder al Trono, el nuevo faraón restableció el culto tradicional y, consiguientemente, el poderío de los sacerdotes de Amón, seriamente debilitado en el reinado anterior; al mismo tiempo, devolvió la capitalidad a Tebas, abandonando la capital creada por Akenatón en Amarna. Para simbolizar estos cambios, Tutankatón sustituyó su propio nombre por el de Tutankamón (la viva imagen de Amón).

El reinado de Tutankamón no tuvo otro significado que este restablecimiento del orden tradicional del Egipto faraónico, bajo la influencia de los sacerdotes y generales conservadores. Tutankamón murió cuando sólo contaba 18 años y llevaba diez de reinado. Las causas de su muerte siguen siendo un misterio hoy día, algunos investigadores piensan que el joven faraón falleció de un golpe en la cabeza, durante un motín palaciego; mientras que otras fuentes manifiestan que Tutankamón pudo haber fallecido como consecuencia de una complicación en una pierna fracturada.

A pesar de su corto reinado, Tutankamón es uno de los faraones más conocidos en la actualidad, esta fama se debe a que su tumba fue la única sepultura del Valle de los Reyes que llegó sin saquear hasta la edad contemporánea. Además, su descubrimiento por Howard Carter en 1922 constituyó un acontecimiento arqueológico mundial, mostrando el esplendor y la riqueza de las tumbas reales y sacando a la luz valiosas informaciones sobre la época.

[2] Esquilo (Eleusis, actual Grecia, 525 a.C.-Gela, Sicilia, 456 a.C.) Trágico griego. Esquilo vivió en un período de grandeza para Atenas, tras las victorias contra los persas en las batallas de Maratón y Salamina, en las que participó directamente. Tras su primer éxito, Los persas (472 a.C.), Esquilo realizó un viaje a Sicilia, llamado a la corte de Hierón, adonde volvería unos años más tarde para instalarse definitivamente.

De las noventa obras que escribió Esquilo, sólo se han conservado completas siete, entre ellas una trilogía, la Orestíada (Agamenón, Las coéforas y Las Euménides, 478 a.C.). Se considera a Esquilo el fundador del género de la tragedia griega, a partir de la lírica coral, al introducir un segundo actor en escena, lo cual permitió independizar el diálogo del coro, aparte de otras innovaciones en la escenografía y la técnica teatral.

Esquilo llevó a escena los grandes ciclos mitológicos de la historia de Grecia, a través de los cuales reflejó la sumisión del hombre a un destino superior incluso a la voluntad divina, una fatalidad eterna (moira) que rige la naturaleza y contra la cual los actos individuales son estériles, puro orgullo (hybris, desmesura) abocado al necesario castigo. En sus obras, el héroe trágico, que no se encuentra envuelto en grandes acciones, aparece en el centro de este orden cósmico; el valor simbólico pasa a primer término, frente al tratamiento psicológico.

El género trágico representó una perfecta síntesis de las tensiones culturales que vivía la Grecia clásica entre las creencias religiosas tradicionales y las nuevas tendencias racionalistas y democráticas. Amén de las citadas, las obras de Esquilo que se han conservado son Las suplicantes (c. 490), Los siete contra Tebas (467) y Prometeo encadenado, obra sobre cuya autoría existen aún dudas.

[3] La batalla de Platea fue la última batalla terrestre de la Segunda Guerra Médica. Se libró en el 479 a. C. cerca de la ciudad griega de Platea, en Beocia, y en ella se enfrentaron una alianza (simmachia) de ciudades-estado de la antigua Grecia, la liga panhelénica compuesta por Esparta, Atenas, Corinto y Megara, contra el imperio persa de Jerjes I.

[4] La Ilíada es una epopeya griega y el poema más antiguo escrito de la literatura occidental. Se atribuye tradicionalmente a Homero. Narra los acontecimientos ocurridos durante 51 días en el décimo y último año de la guerra de Troya. El título de la obra deriva del nombre griego de Troya, Ιlión.

En la Ilíada se narran diversos acontecimientos de la Guerra de Troya. El griego Aquiles se enfada con Agamenón, el caudillo de los griegos que habían ido a Troya a rescatar a Helena. Los troyanos ponen en apuros a los griegos, por lo que Patroclo, amigo de Aquiles, sale a luchar y muere a manos del troyano Héctor.  Aquiles vuelve al campo de batalla para vengar la muerte de su amigo. Mata a Héctor y se niega a devolver el cadáver a los troyanos, el anciano rey Príamo suplica a Aquiles y le ofrece un gran botín para poder enterrar a su hijo.  Aquiles cede y permite que los troyanos se lleven el cuerpo de Héctor.

Son frecuentes las  intervenciones de los dioses en el curso de los acontecimientos. La sociedad y los personajes que aparecen son de la época micénica, cuatro siglos anterior a la época en la que vivió Homero.

[5] La Eneida es una epopeya latina escrita por Virgilio en el siglo I a. C. La obra fue escrita por encargo del emperador Augusto con el fin de glorificar el imperio atribuyéndole un origen mítico. Con este fin, Virgilio elabora una reescritura, más que una continuación, de los poemas homéricos tomando como punto de partida la guerra de Troya y la destrucción de esa ciudad, y colocando la fundación de Roma como un acontecimiento ocurrido a la manera de los mitos griegos.

Virgilio trabajó en esta obra desde el año 29 a. C. hasta el fin de sus días (19 a. C.) Se suele decir que Virgilio, en su lecho de muerte, encargó quemar la Eneida, fuera porque desease desvincularse de la propaganda política de Augusto o fuera porque no considerase que la obra hubiera alcanzado la perfección buscada por él como poeta.

El tema central de la obra es la búsqueda, por parte de Eneas, del territorio donde crecerá la nueva estirpe troyana, de la que nacerá el pueblo romano.

[6] Quinto de Esmirna (fue un poeta épico griego que vivió entre los siglos III y IV.  Son escasos los datos biográficos sobre Quinto de Esmirna. Compuso, en torno a los siglos III o IV de nuestra era, las Posthoméricas, poema en catorce libros cuya finalidad era seguir el ciclo épico troyano allí donde lo dejó Homero y convertirse en continuación natural de la Ilíada.

Las Posthoméricas comienzan con la muerte y funerales de Héctor (momento en el que acaba la Ilíada) y narra todos los sucesos posteriores, hasta el final de la guerra de Troya, no recogidos por Homero, pero bien conocidos por otras fuentes: muerte de Aquiles, locura de Áyax o Ayante, intervención de Filoctetes y Neoptólemo, argucia del caballo de madera, conquista de la ciudad y reparto de prisioneras. La obra concluye con el regreso de los héroes griegos a sus patrias, punto en el que las Posthoméricas enlazan con el otro gran poema homérico, la Odisea.

Aunque el modelo principal es, como cabía esperar, Homero, Quinto de Esmirna se basa en muchas otras fuentes para componer su relato: Apolonio de Rodas, Sófocles, Eurípides, etc. No está del todo clara la influencia de Virgilio, a pesar de las grandes similitudes entre las Posthoméricas y la Eneida.

[7] La Odisea es un poema épico griego compuesto por 24 cantos, atribuido al poeta griego Homero. Se cree que fue compuesta en el siglo VIII a. C., en los asentamientos que Grecia tenía en la costa oeste del Asia Menor (actual Turquía asiática). Según otros autores, la Odisea se completa en el siglo VII a. C. a partir de poemas que sólo describían partes de la obra actual. Fue originalmente escrita en lo que se ha llamado dialecto homérico. Narra la vuelta a casa del héroe griego Odiseo (Ulises en latín) tras la Guerra de Troya. Además de haber estado diez años fuera luchando, Odiseo tarda otros diez años en regresar a la isla de Ítaca, donde poseía el título de rey, período durante el cual su hijo Telémaco y su esposa Penélope han de tolerar en su palacio a los pretendientes que buscan desposarla (pues ya creían muerto a Odiseo), al mismo tiempo que consumen los bienes de la familia.

La mejor arma de Odiseo es su mētis o astucia. Gracias a su inteligencia, además de la ayuda provista por Palas Atenea, hija de Zeus Cronida, es capaz de escapar de los continuos problemas a los que ha de enfrentarse por designio de los dioses. Para esto, planea diversas artimañas, bien sean físicas, como pueden ser disfraces, o con audaces y engañosos discursos de los que se vale para conseguir sus objetivos.

[8] Quinto Horacio Flaco (Venusia, actual Italia, 65 a.C.-Roma, 8 a.C.) Poeta latino. Hijo de un esclavo liberto, tuvo la oportunidad de seguir estudios en Roma, y posteriormente en Atenas, adonde se trasladó para estudiar filosofía.

Una vez allí, fue acogido por Bruto, el asesino de César, y nombrado tribuno militar de su ejército. Sin embargo, en la batalla de Filipos (42 a.C.) se evidenció su falta de aptitud para el arte militar y decidió regresar a Roma.

Empezó a trabajar como escribano de la cuestura, cargo que le dejaba tiempo libre para dedicarse a escribir versos. Por entonces conoció a Virgilio, quien lo introdujo en el círculo de Mecenas, donde paulatinamente ganó relevancia y afianzó la amistad con éste, quien lo presentó a Augusto. Consiguió también la protección del emperador, que incluso le ofreció el cargo de secretario personal suyo, puesto que rechazó por no adecuarse a los principios de su moral epicúrea. Personaje muy respetado en los altos círculos romanos, tanto literarios como políticos, se mantuvo siempre bajo el amparo de Mecenas, junto con quien está enterrado.

Su poesía se divide en cuatro géneros que dan nombre a sus obras: Sátiras, invectivas personales y retratos irónicos de su tiempo divididos en dos libros y escritos en hexámetros; Épodos, diecisiete poemas yámbicos de temática variada e influencia helenística, en especial de Arquíloco; Odas (Carmina), también en hexámetros; y las Epístolas, su última obra, en la que, coincidiendo con una actitud vital y literaria más calma y más propicia a la reflexión moral que a la invectiva y la sátira mordaz que caracterizaron sus obras primeras, optó por la ficción epistolar sin abandonar la escritura en hexámetros.

Entre las Epístolas se encuentra la célebre Arte poética, que marcó las pautas de la estética literaria latina. La poesía horaciana, con su variedad de temas nacionales y, sobre todo, su perfección formal, signo de equilibrio y serenidad, fue identificada en el Renacimiento como la máxima y más excelsa expresión literaria de las virtudes clásicas, y su influencia se ha mantenido hasta hoy.

[9] En la mitología romana, los genii ( relacionado con ‘generador’ o ‘padre’) eran espíritus protectores. La creencia en estos espíritus se dio tanto en Roma como en Grecia, donde fueron llamados  daimones y parece que se creyó en ellos desde los tiempos más antiguos. Sin embargo, los romanos parecen haber recibido esta influencia acerca de los genios de parte de los etruscos. una divinidad arcaica relacionada con la fecundidad de la tierra.

Los genios romanos son confundidos frecuentemente con los Manes, Lares y Penates, teniendo de hecho una característica común, la de proteger a los mortales, pero también parece ser ésta su diferencia principal, ya que los genios son los poderes que producen la vida (dii genitales), un principio de fecundidad y acompañan al hombre en ella como su segundo o propio espíritu, mientras los otros poderes no comienzan a ejercer su influencia hasta que la vida, el trabajo de los genios, ha empezado.

Cada humano obtenía (sortitur) un genio en su nacimiento. Horacio describe este genio como vultu mutabilis, de donde puede inferirse que o bien concebía el genio como amistoso hacia una persona y hostil hacia otra, o bien que se manifestaba a la misma persona de formas diferentes en momentos diferentes, es decir, a veces como un genio malo y a veces como uno bueno. Esta última suposición se ve confirmada por la afirmación de Servio acerca de que en nuestro nacimiento obtenemos dos genios, uno que nos lleva al bien y otro al mal, y que en nuestra muerte por su influencia ascendemos a un estado de existencia más elevado o bien somos condenados a uno inferior.

[10] Se ha hecho dar el nombre de columbario a los nichos destinados a contener las urnas cinerarias en los sepulcros de familia de los romanos. La palabra columbarium significa propiamente palomar y de su similitud con los palomares proviene este término.

Estos sepulcros colectivos fueron ordinariamente de forma cuadrangular, con partes salientes sobre cada frente, las unas cuadradas y las otras en hemiciclo. En el interior de las paredes se encontraban una multitud de pequeños nichos de forma semicircular, y redondeados a manera de bóveda en la parte superior, exactamente como los nichos de un palomar. Estos nichos estaban dispuestos en líneas horizontales, separadas por un cimacio. El número de los pisos difería según la altura de las bóvedas, pero era muchas veces de ocho o nueve. En este caso, encima de las cinco primeras hileras, dominaba un ancho entablamento, formando galería, para facilitar la aproximación de los nichos más elevados. Cada nicho contenía una y algunas veces dos urnas cinerarias embutidas hasta su orificio en sentido opuesto desde la entrada del nicho. Una plancha de mármol, sobre la cual estaban grabados el nombre y la cualidad del muerto, se fijaba por dos clavos de hierro o de acero encima del nicho. Con frecuencia las tumbas de este género, notables exteriormente por sus vastas proporciones, se distinguían en el interior por una ornamentación lujosa, por el mármol que se extendía en el suelo, por el estuco que revestía la bóveda, ricamente pintada o esculpida.

[11] Un triclinio es una estancia destinada a comedor formal en un edificio romano o grecorromano.

El triclinio se caracteriza por utilizar tres klinai dispuestos alrededor de una mesa baja normalmente cuadrada, en tres de sus lados, como en forma de U, dejando el cuarto despejado para permitir acercarse a los sirvientes con múltiples platos gastronómicos traídos de la cocina (culina). Generalmente, el lado abierto se situaba de cara a la entrada de la sala. Cada lecho, con una pequeña inclinación de unos 10º, era lo suficientemente amplio como para dar cabida a tres comensales que se reclinaban sobre su lado izquierdo sobre cojines. Los invitados eran entretenidos con música, cantos o danzas.

[12] Idus es un  palabra del antiguo calendario romano, por la que se denominaba al día 13 de ocho de los doce meses: enero, febrero, abril, junio, agosto, septiembre, noviembre y diciembre, y también al día 15 de los cuatro restantes meses: marzo, mayo, julio y octubre.

[13] Las kalendas era el primer día de cada mes en el calendario romano. Para el cómputo de cada mes los romanos los dividieron en tres partes, con un inicio fijo:

–          El primer día del mes que era llamado Kalendas (como hemos dicho)

–          El quinto día era llamado Nonae (el séptimo día en los meses de marzo, mayo, julio y octubre).

–          El decimotercer día eran las Idus (el décimoquinto en los meses de marzo, mayo, julio y octubre) (como hemos señalado).

El cómputo se hace hacia atrás y numerando el primer y último día del cómputo.

Así: las Kalendas se refiere al día 1 del mes que se menciona, pero en el resto se refiere al mes anterior, contando el 1.

Ej. Día 3 de las Kalendas de abril: 1 de abril, 31 de marzo y 30 de marzo.

8 de las Kalendas de octubre: 24 de septiembre.

Día 2 de las Nonas de febrero: 4 de febrero

Día 4 de las Idus de febrero: 10 de febrero

Podemos calcularlo así

Kalendas: (nº de días del mes anterior + 2) – fecha de Kalendas dada.

Nonas: (día de las nonas en ese mes + 1) – fecha de nonas dada.

Idus: (día de las idus en ese mes + 1) – fecha de idus dada.

A veces aparecen otras palabras interpuestas como:

Pridie: día anterior.

Post die: el día después.

La kalendación es la forma normal de expresar los días hasta el siglo XIV y en documentos escritos en latín hasta bien entrada la Edad Moderna, especialmente los procedentes de la cancillería pontificia.

A veces el día extra bisiesto no se colocaba detrás del 24 de febrero, sino en cualquier lugar del calendario, lo que añadía una dificultad adicional a este tema.

[14] Las nonas eran el día cinco de cada mes, excepto en marzo, mayo, julio y octubre en los cuales las nonas eran el día siete.

One Comment leave one →
  1. abril 11, 2014 9:58 am

    Reblogueó esto en Nomadstrek Journeys.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: